martes, 1 de julio de 2014

Trail des Crêtes de Chaublais

Por fin he encontrado un rato para ponerme a escribir la crónica del fin de semana pasado… Buen marco, por la ventana del apartamento en el que estoy veo el Mont Blanc. He venido a Chamonix a pasar el fin de semana, entrenar un poco y ver mañana el maratón del Campeonato del Mundo de Skyrunning.
Total, que el fin de semana pasado fui a correr el Trail des Crêtes de Chaublais, una carrera de 67kms y 5200 metros de desnivel positivo acumulado. ¿Dónde quedaba esto? Pues al lado del Lac Leman, en una zona de montañas de unos 2000m de altura que se encuentra junto a la orilla sur. La carrera tiene un punto atractivo y es que Kilian Jornet es el padrino de la carrera. Desconozco qué significa ser el padrino de una carrera. De hecho tanto él como Emelie Forsberg aparecen en la lista de inscritos a la carrera, aunque finalmente no corrieron ni aparecieron por allí, así que me recuerda un poco a cuando todas las fiestas de caminos “se hacían” con Enfermería y Farmacia…
Me presento ahí el sábado a primera hora de la tarde en Vacheresse, un pueblecito que no tendrá más de 500 habitantes, donde está la salida y llegada de la carrera. No hay grandes objetivos para la tarde. Coger el dorsal, hacer la mochila y preparar el coche, que hoy va a ser mi habitación de hotel (creo que ya lo he contado pero reciclé un colchón que entra bastante bien entre los asientos abatidos; no es lo óptimo, pero es barato y para salir del paso no está mal).
Me encuentro a Sabine, una amiga de Grenoble con he compartido bastantes entrenos, que corre la carrera de 23kms y que en ausencia de Emelie Forsberg huele bastante a victoria. Comentamos la jugada y me voy para mi coche-hotel. Palos (nueva adquisición), ropa para mañana, llenar los bidones, ordenar la comida… Ceno pronto y me tumbo a leer un rato, a ver si me coge el sueño. Dejo el libro e intento dejar la mente en blanco, pero unas vacas que hay en la ladera de enfrente no dejan de joder con el cencerro. Finalmente consigo dormirme mientras imagino el suplicio que tiene que suponer vivir con una campana colgada al cuello…
Primer despertador a las 3:30, desayuno, a las 4 vuelvo a tumbarme… bueno, he desayunado tumbado… digamos que vuelvo a intentar dormir un poco, y después de 45 minutos de trance me levanto, me visto y me voy para la salida. En un principio no conozco a nadie, así que la idea es ver un poco qué ritmo se maneja delante y a ver qué tal. Justo antes de la salida sí veo una cara conocida, Gregoire Millet, segundo clasificado en el Tor des Geants de hace dos años. Ya tengo una buena referencia.
Y como siempre, ¡cuenta atrás y salimos! Como es habitual en Francia, la salida es a destajo, más aún teniendo en cuenta que tras 500 metros cogemos un sendero y empieza la primera subida sin piedad. Me coloco quinto, detrás de Gregoire Millet. La pendiente es fuerte así que la gente se pone a caminar bastante pronto, pero eso no quiere decir que vayamos lentos. Noto que hay gente intranquila por detrás y efectivamente en un par de curvas me pasan dos o tres. Algo estresado por la pérdida de posiciones adelanto a Millet, pero enseguida me doy cuenta de que estoy yendo demasiado rápido.
Me pasa otro corredor, un chico que ayer pasó corriendo por al lado de las 8 de la tarde (curioso entrenamiento). La verdad es que no tiene mucha fisionomía de corredor de trail. Está bastante mazado, parece que come sandías por los sobacos. Tiene que costar mover esa musculatura. Al menos le serviría para propulsarse con los bastones, pero incomprensiblemente los lleva en la mano pero sin usarlos. Aún así lo llevaré delante durante toda esta primera subida.
Llego a la cima justo detrás de este chico, calculo que en décima posición. El recorrido pasa por la cima de un montículo pero me doy cuenta de que un tío está cortando 20 metros por debajo. “La baliza está ahí arriba!” le grito. El tío me mira. Le insisto, pero no me dice nada, sabe perfectamente lo que está haciendo. Evidentemente no viene de esos 20 metros de desnivel, pero me toca las narices que la peña haga trampas deliberadamente.

Adelanto al “cachas” y afrontamos la bajada con un tío de rojo y el Tramposo, siguiendo de lejos a un chaval que me ha pasado con muy buen ritmo y unas Sense la mar de limpitas en la última parte de la subida. Una bajada entretenida entre bosque y por un senderillo muy estrecho nos lleva al pueblo de Bernex, primer avituallamiento (km10, aunque a mí el reloj me da menos). El de rojo y el Tramposo pasan de largo pero yo me acerco a pillar un vaso de coca-cola y un puñado de frutos secos. No pierdo demasiado tiempo y salgo ya por una calle en ligero ascenso. Adelanto al Tramposo (aprovecho para lanzarle una mirada de odio) y salimos del pueblo por una pista de esas que está al límite entre caminar y trotar. Yo decido hacer mitad y mitad, mientras parece que cojo algo de ritmo y sensaciones. Después de unos 400 metros de desnivel de una subida llevadera llego a un collado donde la vista se abre hacia el norte. La vista es espectacular, con el Lac Leman en todo su esplendor. El recorrido va por una pistilla fácil que permite admirar el paisaje. Yo sigo con sensaciones raras. De ir bien aquí se puede correr bastante ágil porque el camino pica para abajo, pero yo llevo una zancada corta y bastante pesada. Resultado: me pasa el Tramposo y otro corredor que lleva buen paso. Debo estar el 12º.

En seguida empieza de nuevo la subida, esta vez por sendero con fuerte pendiente. Mis sensaciones no mejoran pero los otros van más lentos y la distancia se mantiene. El sendero es incómodo y pica bastante, todavía más después de llegar a un collado y enfilar un repecho que me deja en lo alto de una cresta. Nuevas vistas espectaculares que aprovecho como excusa para recuperar el aliento, mientras los corredores de delante se me alejan. Ahora mismo me importa más bien poco. Me noto sin chispa, torpe y pesado, mientras avanzo por un sendero que va superando diversos montículos hasta llegar al segundo avituallamiento (km.19, aunque me siguen saliendo menos…).
El Tramposo sale justo cuando llego y el de rojo unos segundos después, pero yo me quedo a recargar líquido y comer algo, a ver si cambio la dinámica. No parece… En el llano y las bajadas noto un malestar que me hace correr a un ritmo lento. Me noto con algo de ganas de vomitar y deseando que llegue la subida para acabar con el traqueteo de cada zancada. Y efectivamente, llega (con el regalo de un primer abandono por parte de uno de los de delante.). Unos 300 metros de desnivel bastante empinados donde cojo otra vez el ritmo de caminar con los bastones. Recupero algo de terreno a los de delante pero también veo como por detrás llegan 3 o 4 encabezados por Grégoire Millet (yo pensaba que no le vería más pero ahí se nota la experiencia…). El balance de la subida es positivo y llego a la cima del Pic Boré justo detrás del Tramposo y el de rojo, a los que paso justo después en un tramo de cresta con vistas brutales. Afronto ahora una bajada por un prado empinado, donde las marcas siguen una valla que hace un rodeo hacia la izquierda y en estas que me giro y veo al Tramposo atravesando a saco pendiente abajo. Me vuelvo a cabrear. Mira que nos habían dicho que no estaba permitido atajar porque estamos en una reserva natural y hay que respetar los senderos… Nada. Le vuelvo a gritar y al llegar al final de la bajada les digo a los de la organización que si ese hace 67 o 57kms. Como quien oye llover, si de hecho parece que el tío es de la zona porque en cada control lo saluda todo el mundo…
Bueno, pues para intentar distraer mi enfado y mantener una buena dinámica de alimentación a pesar de la inestabilidad de mi estómago, saco un brioche de paté que llevo en la mochila y me peleo con él durante un rato. El sendero es llano y es un buen momento para comer. Vuelvo a alcanzar al Tramposo y le lanzo una nueva mirada con toda la bordería que soy capaz de reunir y entre la rabia y que voy algo menos mal que antes, gano distancia hasta llegar al Col de la Dent d’Oche. Tras una bajadita de poco más de un kilómetro por un sendero de piedra bastante suelta (donde acabo una vez en el suelo) llego al tercer avituallamiento (km27, para mi reloj, 23…).

Más naranjas, más plátano y más líquido, que el calor aprieta. Mientras como pasa como un ciclón Millet, que coge un par de cosas y sigue adelante. Pues nada, adelante se ha dicho. La ligera recuperación que había notado no se concreta y vuelvo a notarme incómodo. Se me repite el paté, las naranjas están buenas pero le dejan un sabor desagradable al agua que bebes después… Me noto en una cierta vía de desconexión de la carrera. “Por lo menos será un buen entreno”, intento consolarme. La distancia con Millet aumenta lentamente, pero por lo menos en un collado recojo un segundo cadáver que está sentado tomándose un gel. Si no me he descontado voy noveno, que para tal como está el panorama está bastante bien. Pero tampoco me anima esto y dos tíos se acercan por detrás durante un flanqueo hacia un segundo collado. Me pasan en la bajada sin que les oponga demasiada resistencia. Bajo desganado, con el estómago dando botes. Nada que ver con la bajada del otro día por el valle de Coma de Vaca. Afortunadamente la bajada no es muy larga y llego al avituallamiento del Refugio de Bise (km34, 30 para mi reloj, en cualquier caso ecuador de la carrera).


Me lo vuelvo a tomar con calma. Lleno las dos botellas porque ahora vienen 12kms sin avituallamiento y cada vez hace más calor. En medio de mi sentimiento negativo, una nota positiva: las naranjas. No sé de dónde sacaron semejantes naranjas en el mes de junio pero estaban espectaculares. Lamentablemente al arrancar de nuevo no me encuentro menos cansado. En medio del festín creo que me han pasado otros dos tíos así que debo andar el 13º o el 14º. Afronto la siguiente subida, otros 300 metros, con mentalidad de entreno, a intentar mantener el ritmo pero sin ser capaz de sacar ambición para ir a por los corredores que tengo delante. Aún así, como en todos sitios cuecen habas, dos de ellos se van acercando. Otro cadáver de los que habían salido disparados y uno de los que me ha pasado abajo. Mi amigo el Tramposo parece el más fuerte de los que vienen por detrás. Tras una bajadita y otro repecho hacia un collado, alcanzo a otro corredor y lo paso al inicio del descenso siguiente. No es que me encuentre mucho mejor, pero simplemente hay otros que se encuentran aún peor. Animado por volver a entrar en el top 10, me fuerzo a correr con un ritmo mínimamente digno en un tramo llano de unos 3-4kms. Al final del mismo hay unas casas donde me encuentro con un avituallamiento imprevisto. Pues mira qué bien! Las botellas de agua están calientes así que me voy a la fuente, pego un trago y meto al cabeza. Sigo adelante en un estado que parece que ha vuelto a pasar de malo a regular, por lo menos durante un repecho que me deja frente a la bajada de 4kms hasta el avituallamiento de Abondance. Sin rastro de corredores delante o detrás, afronto la bajada en piloto automático. Desafortunadamente el traqueteo me vuelve a dejar chafado y llego al avituallamiento nuevamente en momento “choffff” (con bastantes efes…).
Km 46 (41 para mi reloj). “Qué tal?” me preguntan las chicas del avituallamiento. “Bueno… cómo te lo diría… dejémoslo en que no es mi mejor día”. Mientras me rellenan las botellas paseo la mirada del jamón a los plátanos, de los plátanos a las naranjas, de las naranjas a los frutos secos. Pico un poco de aquí y de allá, sin saber muy bien que es lo que me conviene o me apetece. En medio de la indecisión llega el Tramposo. La verdad es que en este momento me da un poco lo mismo, pero salgo al trote por lo menos pensando en que le cueste un poco pillarme. Un tramo llano y algo cansino entre la carretera y una cantera, me deja al pie de la siguiente subida (quedan tres y son las más largas de la carrera junto con la del principio). Buffff, ya veo de qué va a ir esto. Una pista forestal de estas de sacar madera, con pendientes que quitan el hipo. Pues venga, palos a caminar y a ir haciendo. Voy buscando las sombras de lado a lado pero el calor va haciendo mella. Mi ritmo no es bueno y al poco oigo el inevitable sonido procedente de detrás. Nuestro amigo se acerca irremisiblemente. Ni me giro, pero noto que se va acercando hasta que llega a mi altura. “Esto sube, eh?”… “Sí” respondo desganado. “Y hace un calor de tres pares de narices…” (bueno no sé decir eso en francés pero con un “Il fait chaud” y la cara transmito mi mensaje). No todo es negativo, el tío me trae la noticia de que no somos 10º y 11º como yo pensaba sino 9º y 10º. No me salen las cuentas pero bueno, mira qué bien… Aún así no tengo muchas ganas de hablar con él y no quiero cebarme, así que dejo unos metros y sigo a mi ritmo, intentando tapar con la visera de la gorra, la visión de la rampa de turno que tengo por delante. No tengo ninguna referencia de lo que queda por subir. Estamos en medio del bosque y no se ve nada. A veces parece que el terreno se abre por delante pero siempre aparece una nueva rampa de cojones. Una eternidad después, una revuelta hacia la izquierda nos deja en un prado al fondo del cual hay un collado con unas casas. Es más lejos de lo que pensaba pero por lo menos veo donde tenemos que llegar… O eso me creía. Giro la mirada a la izquierda, montaña arriba, y veo tres tíos sentados, uno de ellos con el inconfundible peto naranja fosforito de la organización. “Queeee?!?!?! Tenemos que subir allá???”. Había vuelto a atrapar al Tramposo porque se había parado a coger agua de un riachuelo, pero ante este golpe moral me vuelvo a descolgar. Tiro de palos prado arriba, casi sin sendero, mientras me pregunto por qué coññññññño (con muchas eñes) tenemos que subir hasta allí, si no hay un collado, ni una cima, ni nada de nada, simplemente es un punto indefinido en la inmensidad del prado (no es una crítica a la organización ni al recorrido, simplemente describo lo que me pasa por la cabeza en ese momento :-p). Por fin llego a la cima. El Tramposo ya corre prado abajo para llegar, ahora sí, a las casas del collado. Yo hago lo propio, pero con bastante menos ritmo. En las casas me encuentro un avituallamiento líquido inesperado. Cojo una botella de agua, pero está a mil grados. Les pido, suplico, agua fresca, y a la tercera encontramos una botella bebible. Me paro un momento junto a una bañera con agua que han puesto para que la gente se refresque. Mientras me mojo la cabeza veo mi cansancio reflejado en las miradas de la gente. En fin, sigamos… Ya solo quedan dos subidas. Hay que acabar como sea.
Salgo de allí sin atreverme a mirar atrás por miedo a que la llegada de más gente suponga un golpe moral añadido. Bajo torpemente mientras el Tramposo se pierde allá abajo entre el bosque. “Ya no le veo más” pienso. No me apetece pero me zampo un quesito de membrillo (ya llevo 7 u 8). El camino es bonito, primero por un prado de hierbas altas donde han abierto huella y después por un sendero entre el bosque. Salgo a una pista y de ahí a una carretera que me deja en otro mini avituallamiento inesperado (suerte de ellos, que si no…). Más plátano, más naranja… A pesar del membrillo estaba ya con la sensación de agujero en el estómago. Venga sigamos, la penúltima ya… Salgo por otra pista maderera, mientras espero tardar lo máximo posible en escuchar los ánimos hacia mis perseguidores, como quien cuenta los segundos para que llegue el trueno. Pero el trueno llega pronto, así que la tormenta está cerca. “Me van a pillar, pero al menos vamos a joder todo lo que se pueda…”. Con este sentimiento perverso afronto la subida. Es algo más tendida, y eso me ayuda a recuperar un punto de sensaciones. Consigo llevar un ritmo que por lo menos debe ser equivalente al de los de atrás. Alargaremos la agonía pues. La subida acaba y llega un descenso sobre el que nos habían advertido expresamente. “Está prohibido correr y adelantar”. Una orden algo contradictoria en una carrera, pero que yo adopto a gusto como excusa para relajarme un poco. Tampoco mucho, enseguida entiendo el porqué de la advertencia. El sendero se mete por unos tramos equipados con cadenas y cuerdas donde tienes que ir con mucho cuidado, aunque un diez para la organización que tiene a gente en todos los puntos comprometidos. Donde no hay cuerdas tampoco es un camino de rosas y el sendero baja a saco y tienes que vigilar para no dejar caer piedras por si hay alguien abajo. El hecho de no verlas caer de arriba me anima porque eso significa que los de detrás no me han recuperado distancia. Se acaba el descenso, y tras un kilómetro de pista que pica hacia arriba (y donde a mí ya no me da para correr), llego al último avituallamiento (km61, 55 para mi reloj).
“Ça va?”… Miro al chico del avituallamiento y le contesto con una sonrisa cansada… Creo que lo entiende. Bueno he mantenido la posición en el penúltimo tramo, así que me siento obligado a lucharla en lo que queda. Me largo, mirando de reojo para ver si viene alguien. El tramo duro de la subida empieza sin piedad. Un sendero estrecho que sube entre el bosque haciendo eses. Calculo que debía haber unas 1387 eses. Ya tenía pinta en el mapa, pero la realidad supera lo que me esperaba. Además, a pesar de estar entre el bosque el sol está ahora en lo más alto así que me azota sin piedad. Mi ritmo se resiente. Tiro de palos pero llevo una velocidad de excursión de domingo. Alcanzo a los últimos clasificados de la carrera de 23kms y le pregunto a un tío si tiene idea de cuánto falta. “Deben quedar unos 400 metros de desnivel”. Afortunadamente soy consciente de que es imposible (si fuese así, me daba la vuelta y me iba a mi casa). Me suena que el punto más bajo antes del avituallamiento estaba a 900 y poco, he hecho un kilómetro largo en una pendiente que debía ser de algo más del 10%, y llevo 20 minutos subiendo (calculo que debo haber ganado 250m)… Me tienen que quedar 100m. De todas maneras como no estoy seguro, prefiero no decirle nada al tío. No obstante, la subida se me hace interminable. Mis piernas, cual marineros a punto de amotinarse a bordo de la Santa María de Cristóbal Colón, empiezan a preguntarse por la validez de mis cálculos. Afortunadamente y sin previo aviso, el camino desemboca bruscamente en lo alto de una loma. El bosque baja hacia el otro lado. “Perfecto”. Esto me lo había aprendido bien, son 70 metros de desnivel por la loma y bajada a la izquierda hacia la meta. Con la tranquilidad que me da esa certeza, afronto estos últimos metros de subida mientras oigo un cencerro que me indica que el control de la organización, imagino que en el punto más alto, están cada vez más cerca.

Y así es. “Teneis agua fresca?” les pregunto mientras miro inquisitivamente a una botella que indica que mi pregunta es retórica y equivale a un “Dame agua, por favor”. Le echo un trago mientras me informan que el noveno no está lejos. Me da igual el noveno, ahora mismo estoy en modo presa y no cazador. Quedan 4kms, preferentemente de bajada aunque tengo el chip activado para encontrarme aún algún repecho sorpresa. Les doy las gracias y me marcho sin perder más tiempo. Mi agilidad en la bajada no es extrema, pero la proximidad de la meta me da un punto extra. Al principio el camino baja fuerte pero después atraviesa a la derecha en una ligera subida que ya había sospechado sobre el mapa. Al cruzar un riachuelo me quedo mirando el agua y no puedo resistir. Me arrodillo con el pie, la rodilla y los morros en el agua. Joder, qué rica. He ido bebiendo todo el rato, pero el agua fresca del riachuelo frente a la recalentada y con gusto del bidón… No hay color. Algo repuesto sigo adelante, salgo a una pequeña pista y de repente veo a un corredor delante. Enseguida reconozco esa mochila naranja. “Así que te tengo, eh?”. De repente tengo una bocanada de aire fresco e incremento la zancada. Me relajo un momento, casi disfrutándolo e intentando correr sin hacer ruido para que no me oiga, nuevamente en “modo lobo” como el otro día en Bastions (Eli, aquesta del llop va per tu ;-) ). Estoy a 20 metros y el tío todavía no se ha girado, cuando me doy cuenta que va con otro. Va a buen ritmo, así que o no está en la carrera o es de la de 67. Alargo la zancada y me concedo esa pequeña satisfacción. “Iep” le digo mientras le adelanto. Creo que no esperaba verme más (yo tampoco, seamos sinceros…). No me quedo a comentar cómo va el Mundial. Sigo pista abajo desbocado, intentando mantener un ritmo que les incite a dejarme marchar, y así de paso, que me deje cuanto antes en la meta, que ya va siendo hora. Voy girando la cabeza y veo que he abierto hueco. Un pequeño repecho hace algo de daño pero sigo a la carrera, intentando no relajarme porque ellos son dos y al final puede que aceleren para jugarse la posición. Se va acercando el campanario de la iglesia, aunque aún queda un tramo de bajada entre el bosque que se me hace largo. De todas formas mi ritmo es bueno y soy consciente de que ya no me cogen. Por fin, salgo a las calles del pueblo, paso junto a mi coche-hotel y llego a la carretera principal. Caminando en sentido contrario viene Sabine (que después de ganar la carrera ya ha tenido tiempo de comer, ducharse y leer el Quijote). “Ale, ale, ale!! Pues sí que llegas en forma!”. Bueno, la verdad es que mi estado actual no es muy representativo de lo que ha sido la carrera. “Está lejos?” Me está volviendo la pereza y tengo ganas de acabar. No mucho, curva derecha, paso justo por debajo, y otra curva a derecha para cruzar el arco. Llego entre gritos de “Venga, venga!!”. Es lo exótico de ser el único elemento extranjero…
Y esta es la historia de esta carrera... Sensaciones positivas y negativas. Quizá el hecho de acabar bien y el de haber mantenido el ritmo a pesar de no tener buen "feeling" me hace mirar el vaso medio lleno. Por otro lado me sirve para ver claramente que en Andorra tengo que salir con cabeza o si no no voy a ningún lado.
Algunos temillas técnicos:
- Mochila: Skin5 de Salomon (había poco material obligatorio y entraba de sobras). Está empezando a abrirse por algunos sitios pero aún le quedan algunas batallas (y muchas que ha librado...). 
- Zapatillas: otra vez las Cascadia. No corren solas, pero nuevamente muy contento con ellas. Las llevé al zapatero porque se les abrió un poco la punta en Bastions. El apaño ha aguantado perfectamente. Algunos tacos de las suelas empiezan a romperse un poco (van 460kms) pero en general aguantan bien.
- Bastones: nueva adquisición. Los Black Diamond de carbono plegables. Yo la verdad es que plegarlos no los plego. Cuando no me hacen falta corro con ellos en la mano y listos. Es la costumbre... Pesan poco, eso sí que se nota.

Ale pues, os dejo! Próximo objetivo: Ronda dels Cims

Besos y abrazos

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